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LA LIBERTAD ES EN CANAÁN


2 - Nuestros sentimientos son un desierto de Amor divino por el Espíritu Santo


Si el Espíritu Santo es ofrecido por Dios en Jesucristo, es mucho más que una simple "lógica" ya que es la tercera Persona de Dios, que podrá adaptar la guía que constituye desde el "corazón" del sujeto, a la vocación de su camino hacia la naturaleza divina. Si el Espíritu Santo viene así a sustituir la vieja lógica en el "corazón", sin embargo no se da en una vocación distinta del espíritu básico, porque el objetivo divino no es dejarnos desviar de nuestra vocación genética, sino llevarnos vida en abundancia, sobre los valores de esta vocación genética.

Es por eso que nuestro Creador nos trajo la traducción escrita de esta vocación genética, a través de la palabra de Dios en los textos bíblicos, porque si el objetivo de estas "lógicas" permanece idéntico, es su capacidad para producir los verdaderos buenos resultados lo que las diferencia. .

Por eso es importante fijarse en su diferencia fundamental, porque donde la lógica del espíritu inicial tiene como objetivo primordial mantenernos a toda costa en nuestra vocación genética y acercarnos así al SEÑOR nuestro Creador, hay de contrario en la segunda "lógica". El propósito del Espíritu Santo es en efecto traernos la presencia de Dios: para que nuestro libre albedrío pueda permanecer voluntariamente de manera precisa, dentro de los límites establecidos en nuestra genética por nuestro Creador.

El Espíritu Santo, ofrecido por Dios en Jesucristo, trae la presencia divina a nuestro “corazón”, como nos dice Jesús en Juan 14,23: “Respondió Jesús, y dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos á él, y haremos con él morada.” Es por este valor del Amor, vivido de manera permanente, que los buenos límites de nuestra vocación genética pueden hacerse perceptibles con precisión para nosotros, de modo que no los sobrepasemos, sino que podamos utilizar útilmente cualquier parte de ellos. Quien está a la luz de un proyector y va a entrar en la oscuridad, la percibe muy bien, así como quien está en la felicidad de vivir la presencia divina, puede decir no a la ruptura que se produciría si atravesaría los límites.

Esta será, pues, la vida en abundancia que Jesús vino a traer a la humanidad, pues no vino a aplastar a nadie por deber de seguir la ley divina, como es el caso de ese tutor llamado Satanás o el diablo, sino que vino cumplir esta ley para poder tomarnos bajo su ala y cubrir los errores de aquellos que quieren no pecar más, para ofrecerles la capacidad de llegar a ser semejante a Él.

Al día en que el sistema emocional de todos se haya hecho semejante al de Cristo en el cielo, ese será el reino de los Sacerdotes que Jesús está preparando para Dios su Padre, porque entonces todos podrán experimentar la bienaventuranza divina ya en esta tierra, pero no debemos sobre todo saltear los pasos si nuestros deseos nos llevan en esta esperanza.

Si esto no es todavía así, no es por la falta de sinceridad de cada uno, sino porque, según nuestra vocación en el Cuerpo de Cristo y nuestra avanzada espiritual, ciertas etapas son ineludibles, comenzando por el éxodo de Egipto en el que participaron los que no habían dejado entrar al ángel exterminador, si comparamos nuestro camino espiritual con el del pueblo hebreo.

Nuestra salida de Egipto es hoy el bautismo del Espíritu Santo, que viene a sustituir en el "corazón" a la antigua lógica del espíritu, pero que no cambia en nada la programación realizada por esta lógica en el cerebro, del cual el uso es esencial para que produzcamos cualquier forma de acción. Dado que esta programación se realizó sobre los valores del amor egocéntrico, eso coloca al Espíritu Santo en un desierto de Amor divino para la finalización de toda emoción en acción, idéntica a la de los hebreos cuando salieron de Egipto.

Cada uno está entonces llamado a dejarse guiar por la fe en el Espíritu Santo, cuya percepción emocional en el "corazón" se amplifica por su naturaleza divina y se hace comparable a la percepción visual por la cual el SEÑOR se manifestó en su pueblo en el desierto, a través de la columna de humo de día y de fuego de noche. Este período es pues fundamental para aprender a discernir la nueva guía que constituye el Espíritu Santo, dentro de nuestro sistema emocional, porque por más útil que sea, siempre tenemos la capacidad de ignorar su influencia en nuestras decisiones de acción y no corregir emocionalmente la vieja programación. El buen aprendizaje para discernir correctamente esta guía y la programación realizada en nuestros sentimientos, llevarán pues al Espíritu Santo a incidir en nosotros sea hacia una instalación “como al oriente del Jordán”, o la conquista de nuestra Canaán, la tierra santa. Si, por el contrario, hemos sofocado la percepción del Espíritu Santo en favor de nuestro conocimiento de la palabra de Dios, o de cualquier otra regla, corremos el riesgo de girar en este desierto, como sucedió con la primera generación que vino salir de Egipto, o instalarnos por nosotros mismos en una vocación que no corresponde a la nuestra según Dios.

Durante todo este tiempo en el desierto, si todos siguieron a Moisés, todo el pueblo hebreo siguió visualmente la columna que marcaba la presencia del SEÑOR y lo mismo vale para que cada uno sea guiado por el Espíritu Santo hoy, usando correctamente el dominio de sí mismo (llamado hoy CE, cociente emocional) para dominar las propias emociones y producir una acción que corresponda mejor al Amor divino. Durante todo este tiempo en el desierto, el cerebro de cada uno aprende así a aplicar un coeficiente corrector a esta parte programada en los valores del amor egocéntrico, para darle la correspondencia que el interesado estima justa, en relación con el Amor divino. Cuanto más importante sea este coeficiente en relación con la palabra de Dios, más fácilmente podrá ser detectado y resaltado por el Espíritu Santo en ellos, mientras que para otros, rápidamente se vuelve imperceptible en sus motivaciones conscientes. Es obvio que cuanto más débil sea la corrección de la acción programada en su sistema emocional, en relación a lo que interpretan como amor divino, más será entonces posible que confundan esta corrección con la reescritura del espíritu en la naturaleza divina, mientras que a este nivel no es todavía el caso.

Esto entonces trae a unos más que a otros la impresión de las posibilidades del uso perfecto de lo que tienen y de estar divinamente instalados al este del Jordán, mientras que otros están llamados a tomar conciencia de este simple coeficiente y a ser conducidos en la conquista de su Canaán.

Si la parte programada, que es el espíritu y los sentimientos, ha permanecido en la misma programación inicial que antes del bautismo del Espíritu Santo y por tanto no corresponde a la finalidad querida por Dios en Jesucristo, es allí una etapa sin embargo útil e indispensable. El CE de cada uno, aprende a influir en sus acciones según los coeficientes más correctos posibles de manera similar entre el hombre y la mujer, para hacerlos juntos vencedores de la tutela represiva de Satanás. Si esta etapa es tan fundamental, no es porque sea una finalidad, sino porque constituye el acceso a ella.

Es en esto que a la salida del desierto, el SEÑOR estableció una parte de su pueblo al este del Jordán, para que sirviese de referencia a los que envió en la conquista de la tierra santa de Canaán, estableciendo la mejor fortalecidos en su modo de funcionamiento en el “desierto”, para servir de referencia a otros en su santificación en Canaán.

Encontramos hoy la equivalencia a esta santificación a través de la conquista del Amor divino, porque en Jesucristo, Dios quiere usar a la mujer y la iglesia como al oriente del Jordán, pero sobre los valores de la Canaán de Ayer, con el Espíritu Santo como su guía, mientras confía el descubrimiento de este Amor divino al hombre y a la sociedad deportada de la iglesia, lo que corresponde a su conquista de Canaán.