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EL EFECTO BUMERAN

CAPÍTULO 3

La Entrada al Templo



En los albores de esta década de los 50, fue en el comienzo de la electrificación en las zonas rurales del Perche. Eh, sí! No hay más de cincuenta años, que el buen viejo lámparas de petróleo han desaparecido de las casas un poco retiradas de las ciudades. No estoy diciendo que este nuevo mercado fue la fiebre del oro, pero le parecía bien un poco en comparación con las actuales condiciones del mercado. Cada uno quería ver claro a noche y el negocio estaba en auge para los que supieron aprovechar de él.

Mi padre no era uno de ellos. Quizá una falta de confianza, quizá por simple honestidad, quizá a causa de demasiados razonamientos, pero la verdad es que él tenía enormes dificultades para exigir una remuneración justa por su trabajo. Es cierto que él estaba enfrentado a menudo por personas que veían a sí mismos como más pobres que él y quizás era demasiado sensible. Muchos de los pequeños agricultores viven todavía en autosuficiencia en esa época. Casi todas sus necesidades alimentarias estaban cubiertas por los recursos de la finca, pero sus capacidades de intercambio seguían siendo muy bajas, y se vio agravada por la necesidad de mantener algunas reservas para salvar les de una mala cosecha. Los más pobres evolucionaban entonces en una vida de apariencia miserable. La mayoría de ellos estaban sin embargo mucho más ricos que mi pobre padre, pero después de tirar detrás de su pesada bicicleta, un remolque completo de herramientas, se había comprado un viejo Seis Caballos Renault de antes de la guerra, se consideró como ganador de dinero fácilmente. El material ya costaba caro a la compra y a continuación, en lugar de hacer un trabajo de mala calidad, él prefería hacerlo perfectamente, mismo si a veces tenía que acortar la lista de las horas a fin de no pasar por un ladrón.

Si las cosas se quedaron allí, mis padres sin duda habrían encontrado poco problemas, pero como muchos de sus clientes habrían querido tener el oro y el moro, muchos habrían querido tener la instalación eléctrica sin tener que pagar por ella. Los pagos de facturas arrastraban pues sobre numerosos meses, cuando no estaba sobre varios años según las cosechas. Entre los impagados y los anticipos de compra de materiales, fueron pues siempre pobres, con mucho dinero afuera.

Para nosotros tres, Colette, Jean Claude e mí, esta vieja Seis Caballos de los años 1923 o 24 estaba el sueño. La llamábamos “Titine”. Nos tres sobre el asiento trasero, estábamos como pequeños príncipes cuando íbamos visitar nuestros abuelos paternales a Châteaudun. Era, como lo cantaba Luis Mariano, “sobre la carretera de Narbonne, se podía ver las torres de Carcassonne, perfilarse en el horizonte de Barbaira”. Claro, no empleábamos menos de una buena hora para recorrer las pequeñas cuarentenas de kilómetros de líneas derechas que nos separaban de ellos. Nuestra alegría alcanzaba en particular su cima de la última cuesta, cuando descubríamos repentinamente toda la ciudad y su orgulloso castillo feudal.

Nosotros tuvimos también desde este tiempo, algunos domingos al mar, Cabourg, Franceville, la arena fina. Yo, hacía patés o castillos de arena, corría a perder aliento, sobre estas inmensas extensiones que el mar dejaba cuando se retiraba, entrecruzadas de algunas chorritos de agua. ¡Ah! Para correr, yo corría, sólo pensaba a eso, sobre todo para correr más rápidamente que otros.

Él ya había como inculcado profundamente en mi, este deseo de carreras, de competiciones, al igual que para la pequeña bicicleta al escaparate del almacén de bicicletas algunos años antes.

A partir de 1953, papá subió una enorme antena, a trece metros encima el tejado y recibimos la televisión. Inútil de decirle que en la época eso no pasó inadvertido en nuestras campañas, tanto más que el receptor funcionaba a menudo en el almacén y causaba entonces la aglomeración de los curiosos. Seguro que no era la televisión color, la “nieve” estaba a menudo a la cita a la pantalla. Es necesario decir que no había todos los repetidores cuyo estamos equipados ahora; vivíamos a ciento cincuenta kilómetros de París, y captábamos la emisora de la Torre Eiffel.

Para mí que tenía sólo siete años, eso revestía bien alguna importancia de ser el solo en clase que podía ver “Treinta y seis velas”, la “Pista a las Estrellas” o la “Vida de los Animales”, pero no creo que extraía un verdadero orgullo hacia mis pequeños camaradas. Si eso había sido el caso, me parece que mis resultados escolares habrían tenido bastaran rápidamente a traerme sobre tierra. No quiero decir por eso que estaban malos, pero si mi hermano y mi hermana eran siempre primeros, para mí, éste me pasaba sólo de vez en cuando.Nos entendíamos bien todos los tres, Colette, Jean Claude y yo. Ciertamente no fuimos los niños modelos, porque a veces reñíamos a veces, pero nos amábamos mucho uno y el otro. No soportábamos que uno de entre nos esté frustrado comparado con los dos otros y eso llegaba a menudo hasta los más pequeños detalles. Si uno había recibido un caramelo sin los otros, lo compartíamos en tres. Tranquiliza, no éramos ángeles, ya que había bien unos pequeños deslices, pero el ambiente familiar era bueno de corazón.

En el ámbito espiritual, no estábamos los primeros quizá, sino al igual que para la escuela, estábamos asiduos. Fuimos regularmente todos tres al catecismo católico, por una parte debido a las conveniencias, pero también porque a nuestra llegada en este pueblo, madre se había un poco reconciliado con la religión, al contacto del muy buen y valiente cura de nuestro pueblo. Era un buen hombre, sincero y verdadero en todo lo que hacía, y creo que se habría podido decir de él, lo que cantamos a veces en nuestras iglesias: Jesús dentro, se ve fuera. Había sabido ver en mis padres, jóvenes que sabían investirse para llegar a algo, pero que no olvidaban sin embargo la vida familiar, por fin de los jóvenes que Dios le había puesto a corazón de ayudar. Poco tiempo después su inicio de actividad, así él había confiado a mis padres una obra de la que me acuerdo yo mismo aún. Era el panel luminoso constituido de una multitud de pequeñas bombillas, a la efigie de Santa Apolline, una virgen celebrada el 9 de febrero, día de la fiesta del pueblo.

A la entrada del corazón de la iglesia, ante una muy imponente representación de la Virgen María que estaba teniendo a Jesús en los brazos, su estatua era allí, un par de tenazas en la mano. Ella estaba implorada por los fieles por las curas dentales, y reconocida como "la patrona del pueblo."

Hay que decir en este momento, todos tuvimos una gran necesidad, pero de nuevo nos volveremos sobre este.

Por este pequeño trabajo, este buen cura había sabido aplicar la caridad sin herir, y como disponía de un muy grande jardín para solo él, había propuesto los tres cuartos a mis padres. Este jardín dominaba por de varios metros nuestro muy pequeño traspatio y algunas dependencias, lo que permitía acceder directamente a él con ayuda de escalas y caminos de madera colocados sobre los tejados.

Me permiten destacar al paso, cuánto este buen hombre tenía más discernimiento que otros. ¡Eso Confirma que Dios bendice los humildes de corazón! En mis padres, él no había visto sólo las apariencias engañosas, sino había sabido hacer la diferencia entre los aspectos exteriores que les daban su función en este pequeño pueblo de campaña, y la realidad de vida que no tenía de verdad similitud. Es así que, incluso con el mal a los dientes, este período forma parte de un tiempo bendecido. Se integra en lo que podríamos llamar para mis padres, la progresión. Creo que comían entonces su pan blanco el primero.

Fue en esta época que comenzó a plantearse para ellos, el grande problema de la educación secundaria de sus niños. Nuestro pueblo se situaba a catorce kilómetros de la primera ciudad, Nogent-le-Rotrou, donde mi hermana habría podido entrar pensionista en clase sexto de EGB No existía aún transportes escolares en esta época, y como los artesanos no podían pretender a la obtención de becas de estudios, ante la dificultad financiera que este representaba, el problema se aplazó a más tarde.

Hacia este mismo período, mis padres no teniendo los medios de ofrecerme un tren eléctrico, comencé por mi parte a construir uno en contrachapado. Yo sacaba mis inspiraciones de un verdadero tesoro para el manitas en hierba que era entonces, una imponente pila de viejas revistas “Sistema D” colocada en el fondo del desván. Si cito este tren, es que estuvo para mí, me parece, mi primer fracaso notable. Muy rápidamente en efecto, la realización cayó al agua. No creo por otra parte que duró más de algunos días, pero me enseña sin embargo mucho.

Me da efectivamente cuenta a escribir, que me este experiencia me sirvió a menudo de referencia inconsciente más tarde, para evaluar mi motivación en lo que iba a emprender. Bien rápidamente yo evolucioné hacia las “construcciones navales” que me motivaban mucho más. Para que mis sueños tengan un mínimo de realidad, estaba necesario absolutamente que estas embarcaciones pudieran navegar. Una maqueta había sido para mí un barco muerto y me gustaba ya demasiado vivir, para perderme en sueños abstractos. ¡No! Hacía falta un verdadero que se mueve, que navega. Se imagina un poco, mismo dormir me daba la impresión de perder tiempo, de morir un poco. Ya habré querido poder hacer todo, tan la vuelta del mundo en mis barcos, que construir un caseta para nuestro perro Zamba, con salón, WC, cuarto de baño Yo necesitaba siempre empleos, y cuando no sabía más que hacer, madre o Colette estaban nunca en falta de ideas para mí. Es así que yo aprendió a coser, hacer pompones, bordar, tejer, hacer pasteles, cocinar, y también reparar las cajas de pilas o las planchas a ropa de los clientes. Yo establecía sobre tablillas pequeñas instalaciones eléctricas como tomas de corriente, alumbrados simple encendido, ver todavía vaivén. Yo tenía siempre algo a descubrir que me interesaba.

A la escuela al contrario las cosas no iban a tardar en estropearse para mí. Hacia nuevo o diez años, comencé a tener grandes dificultades en ortografía, que no iban a tardar en pasar a ser de muy grandes, y luego de enormes dificultades los años siguientes.

Si pienso hoy, creo que el bloqueo que iba a sentir sobre este período, tomaba su fuente en la imagen que yo tenía entonces de mi hermano y mi hermana. Eran ambos de los cerebros que yo no era, sobre todo Jean Claude. Me parezco que tenía miedo de decepcionar a mis padres, no ser a la altura de la familia, y para encubrir esta insuficiencia yo iba a entrar en un círculo infernal. Ante tanta incapacidad me parecía, mi sufrimiento que se ha convertido en demasiado grande, mi vergüenza también, mi orgullo ciertamente todo tanto, yo me puesto a simular la enfermedad. Tenía justo diez años.

En el primer tiempo madre se compadecía de mi destino y me guardó la mañana a la casa. En la tarde yo estaba curado: ¡Había escapado al dictado!

Pasé entonces revista a todos los pequeños sufrimientos, la tos, los males de garganta o cabeza, pero debí muy rápidamente variarme, entonces tuve dolores de vientre. Eso me parecía más fácil a controlar. No era tan tonto me parecía, mi hermana y mi padre tenían una cierta fragilidad del hígado, me estaba más fácil informarme, tanto más que ya había hecho ciencias naturales y yo conocía bien el sitio de los órganos en el cuerpo humano. Yo tuve pues ninguna dificultad para equivocar esta pequeña mujer, doctor del pueblo. A partir de la primera vez que me auscultó, cuando me palpó el lado derecho, empecé emitiendo un grande: ¡Ay! ¡La farsa era jugada!

Yo no había tenido ningún mérito de actor, era y seguí siendo tanto cosquilloso, que el sobresalto había estado más que natural, solamente el sonido emitido estaba de la simulación. Ella no había absolutamente nada visto, y el diagnostico llegó, éste que yo había decidido: Yo tenía mal al hígado. No le diré todos los medicamentos que yo pude entonces tragar tanto fueron numerosos, ni los regímenes que yo pude hacer. Más la dificultad estaba grande, más yo la superaba fácilmente y feliz de hacerlo. Eso aportaba agua a mi molino, puesto que yo probaba así mi aspiración a la curación. Hubo no obstante sólo una cosa que pude nunca hacer muy bien, fue pasarme de vivir. Vengo a ustedes decirlo hay algunas líneas, dormir o simplemente estar a la cama, era a mi modo de ver, morir más que un poco. Para compensar mi problema, mis padres me compraron recortables en cartón u otras futilidades de este tipo, que costaban relativamente caro en esta época. Para ellos que comenzaban a tener algunas dificultades financieras, gastaron de este modo, una pequeña fortuna para distraer me.

Qué egoísmo yo pudo manifestar así, con respecto a mi hermano y mi hermana en particular. ¡Para cuánto de mis pecados Jesús dio su vida, y era sólo el principio! Cuánto vergüenza pudo infligir así a mi pobre mamá cuando, después de que ella haya hecho la relación con la ortografía y mis “enfermedades”, ella debido arrastrarme a la escuela sobre los tres ciento metros que nos separaban de ésta. Yo gritaba entonces de las súplicas para que no me trajera, más fuerte que uno condenado a muerte conducido al cadalso. Mis gritos eran tales que alborotaban todos los curiosos y chismosas del pueblo, que salía sobre el umbral de su casa.

El más malo recuerdo de esta caída, fue sin embargo el día en que yo debí reducirme a copiar sobre uno de mis camaradas. Digo bien reducirme, ya que para mí eso había representado entonces el colmo del decaimiento. El momento de antes yo no había sabido escribir “dans” (en). Cada vez que yo tropezaba con una palabra, debía hacer rápidamente para no perder el largo del dictado.

Como de costumbre, yo pasé entonces rápidamente por todas las soluciones “d’en, dent, d’an, den, dan,…” y ante la desesperación que me causó sobre el momento, la idea de la burla del profesor y la risa de mis pequeños camaradas que no iban a faltar estallar en la corrección, yo hundí en el lodo del pecado, el colmo de la vergüenza, “COPIÉ”. No creen que exagero la cosa, yo lo viví entonces así.

Yo había puesto el dedo en un engranaje infernal,  porque la “enfermedad” habiendo sido más o menos descubierta me fui necesario encontrar rápidamente algo más extravagante para ser más persuasivo: Pasé pues a las alucinaciones. Llegado a esta dimensión, yo me sentí sin embargo acorralado en mis últimos atrincheramientos.

La mano de Dios estuvo afortunadamente allí para calmar las lágrimas de mamá en cuanto a mí, ya que un consuelo iba ser aportado a ella. Un representante de comercio cuya la esposa se había curado de una depresión por un acupuntor / osteópata, le indicó la dirección de éste. Nadie alrededor de nosotros conocía entonces esta clase de especialidad, pero madre tomada sin embargo cita y nos íbamos. Él nos hizo entrar, me hizo alargar y quedó establecido de pie a observarme. Mamá le hablaba, pero permanecía allí, como si no la escuchaba. Comprendí en ese momento, que éste no lo equivocaré, y lo diagnostico cayó: “Señora su niño nunca ha tenido mal al hígado”. Naturalmente él no me enseñaba nada, pero me aliviaba hasta cierto punto. Sé sin embargo  recientemente, que a este período de mi vida, yo estuve en contacto con la hepatitis B, pero al mayor riesgo de desliz de mi vida, tanto se había encontrado mezclada a todo el resto, que nadie se había dado cuenta realmente. La trampa del enemigo había fallado bien para volverse a cerrar a nunca sobre me, como se vuelve a cerrar sobre cada uno de nosotros si lo seguimos en sus vías tortuosas.

No sé si fueron las dos sesiones de acupuntura o el hecho de no poder retroceder, que me aportó la curación, pero cuando el día de la ortografía volvió de nuevo, me fui todo alegre en clase. Parecía que yo estaba curado de mis fraudes. De cientos a ciento veinte faltas en una página y media de dictado, como hacía en los momentos más gloriosos, descendí rápidamente a la mitad, pues al quinto y luego el décimo. ¿Después??? ¡Oh! Después… Hice a menudo reír bien a mis secretarias sin embargo, cuando en mi trabajo yo debí redactar numerosas páginas de presupuestos.

Durante todo este período, mis experiencias “navales” habían ido a buen paso. Después de un “submarino” caprichoso, yo había pasado al “barco de vapor”. Eran bien sencillos, pero me conducían progresivamente a la comprensión de sus deficiencias y sobre todo a los sueños de grandes veleros.

En el laberinto de mis ocupaciones, allí tenía una que había olvidado un poco, estaba la ayuda que aportábamos a nuestros padres sobre las obras.

Tanto sorprendente que pueda parecer, en realidad yo no dijo "mi padre", pero "mis padres". Durante los primeros años de funcionamiento de su empresa, habían tomado un aprendiz para ayudar papá, pero la oferta se volviendo rápidamente demasiado grande, tenían que contratar a uno y luego dos trabajadores para satisfacer la demanda. Una feliz progresión habría podido estar considerada, pero el fenómeno de los impagados había crecido en las mismas proporciones, multiplicando por allá los problemas. Entonces había sido necesario saldar lo que no esperaba, los salarios, las cargas, los impuestos, las facturas…

La progresión había durado siete años y los aumentos iban a caer. Iban a caer como la cuchilla de la guillotina, pero a la velocidad a la cual toca a difuntos. Iba a poner tiempo a descender esta cuchilla, pero mientras que son movimiento se empezó, impasiblemente señaló el inicio de una larga agonía.

Mamá que había perdido nada de su combatividad de juventud, iba así a comprometerse durante numerosos años sobre las obras de electricidad o fontanería al lado de papá, para sustituirse el obrero demasiado caro. Jean Claude y yo invertimos también a la tarea. Mi hermano que era de dos años mi mayor, era también más eficaz, y al igual que madre hacía más bien las perforaciones de muros, los sellados u las otras cosas de este tipo. Yo, a menudo como un juego, colocaba las tomas de corriente y los interruptores. Cada uno hacía lo que estaba a su nivel. Colette que había recibido su certificado de estudios primer del cantón, seguía cursos por correspondencia para su certificado de educación secundaria, y recibía al almacén los clientes en paralelo. Cada uno hacía lo que podía para salvar el barco.

En otro tipo de actividades diarias, teníamos también la visita a la granja vecina para aprovisionarse de leche. Según el humor del momento, estaba o el paseo, o la faena. Una única cosa seguía siendo igual sin embargo, era la recolección de los dientes de león o el corte de la hierba a los conejos, eso, estaba siempre también aburrido cualquiera que sea el día. La jardinería, no era tampoco mi principal motivación en el jardín de los padres. En el mío que no debía sobrepasar cinco a seis metros cuadrados, estaba más divirtiendo y sobre todo menos cansador. En el otoño, para proteger las ensaladas de invierno combinamos también recoger hojas muertas en los bosques vecinos. Esta noble tarea, no iba sin embargo a permanecer mucho tiempos para nosotros un tema muy glorioso. Rápidamente había pasado a ser para Juan-Claude y yo, una ocasión de caída. Debía tener once años, quizá doce, ¡pero bueno! ¡Ya éramos hombres! Como papá fumaba, decidimos fumar también. Fue tan rápido que eso a emprender, pero mucho más difíciles a abastecerse de cigarrillos.

Le lo decía hay algunas líneas, madre trabajaba sobre las obras, por lo tanto, cuando estábamos ambos a la casa, servíamos a menudo cada uno nuestra vuelta al almacén. Obviamente, debíamos para eso dar el cambio à los clientes, entonces cuando el jueves llegaba, parte por parte, sustraíamos en la caja. Estaba necesario de no ir demasiado de prisa, ya que la caja no se llenaba nunca bien y la tontería se habría rápidamente descubierto, pero éramos “perseverantes” en nuestra picardía, íbamos a menudo en el mismo día. Varias veces hicimos así, hasta el día en que, no sé el cual de los dos, querido hacer un fuego artificial de caja de fósforos aún casi llena, y se hizo chamuscar las cejas por el abrasamiento que eso produjo. Nos enredarnos entonces en una mentira no posible, del estilo haber descubierto por casualidad esta caja de cerillas aún llena. Pienso que nadie nunca verdaderamente fue engañado, pero nuestros padres hicieron parecido de creernos, considerándonos suficientemente castigados por nosotros mismos, más bien que de empeorar la situación al extremo.

Al contrario de lo que encendíamos los fósforos, papá apagaba el fuego. En efecto, desde nuestra llegada en el pueblo, se había sido de bombero benévolo. De vez en cuando, asistíamos a la instrucción del equipo el domingo por la mañana, y también a veces cuando crecimos un poco, nos deslizamos en el coche en salidas en lugares de incendios de chimenea. Así, asistimos a una noche de tormenta, a la devastación de todos los edificios de una granja, del cual guardo un gran concepto de peligro que el fuego representa, sin temerlo sin embargo.

Cada año, como muchas asociaciones lo hacen, este asociación de los bomberos, organizaba algunos bailes, y más especialmente una pequeña representación teatral, al igual que las escuelas para la presentación de los precios y el Sr. la cura para la Navidad. Había también las fiestas locales vecinas, las ferias agrícolas, y una importante necesidad de sonorización muy rápidamente se había hecho sentir. Además de sus distintas actividades artesanales, papá había pues aprovechado esta oportunidad de mercado y se había construido todo un material de sonorización completo: Amplificador, altavoz, micrófonos, cables de conexión, discos 78 vueltas, etc... Hacia los años cincuenta ocho, él sonorizó mismo una orquesta que seguimos cada semana. Piensa ustedes que nos gustaba eso sobre todo. Nos volvíamos útiles a desenrollar los cables, a descender del coche el pesado material de amplificación… Debíamos justificar bien nuestra presencia. Es cierto que era muy pesado este material, de una parte porque nuestros brazos no eran muy fuertes, pero también porque no se miniaturizaba todo como ahora. En estas circunstancias papá hacía también el presentador, nosotros, jugábamos con los niños, y también a la noche, bailábamos al sonido de los tachín tachín. A veces cuando el ambiente estaba bueno y que los tachín tachín duraban un poco más que generalmente, dormíamos en el coche o sobre un banco, sobre todo mí el pequeño último.

Estábamos felices de todas estas salidas que mucho otros no tenían y yo no quiero decir que por mi parte, no probaba una ligera impresión de superioridad.

Estábamos a veces doblemente felices cuando sucedía esta ventaja, que al vals final, nuestros padres nos proponen esta sorpresa inesperada ir directamente sobre las costas normandas para recoger de los berberechos. Estos días allí, o más exactamente estas pequeñas mañanas allí, puedo garantizarle que no había perezoso para almacenar el material de sonorización. El domingo estábamos por supuesto muy en forma, pero el lunes, aunque a veces teníamos de bien pequeños ojos para ir en clase, ninguno se lamentaba ni le dejaba transparentar.

Una vez mis problemas de ortografía regulados, mi escolaridad volvió a ser normal y sin problema principal. Para Juan-Claude, estaba mismo bien puesto que había hecho un resultado casi idéntico al de Colette, y había llegado segundo del cantón a su certificado de estudios. Al igual que ella, por otra parte, iba a comenzar los cursos por correspondencia al principio del año escolar que seguía su examen.

A cada día basta su propia molestia, para mí, sólo era a mi comunión solemne.

No tuve la oportunidad de hacer mi retiro de comunión con este bueno y valiente cura, del que ya hablamos mucho. Había sido demasiado directo con la clase burguesa del pueblo para ser apreciado de todos. ¡Es así! Es a menudo difícil agradar a todos, para éste que quiere permanecer en la verdad. Entonces él había hecho la triste experiencia de eso. Tuve pues para mi retiro de comunión, un joven abad bastante agradable, conducido por un cura de pequeño tamaño, a la nariz afilado y a las palabras mordaces. Muy afortunadamente, no fue la preocupación principal para mí. Hice en efecto mi comunión con fe y verdad delante Dios y fue bien allí para mí el principal. Seguro que yo no era desinteresado de los tradicionales regalos, no más que de la comida y de familia que me rodeaba, pero mi mejor recuerdo de este momento sigue siendo la sinceridad con la cual me avancé este día hacia el altar.

En el camino, el año siguiente, seguí yendo regularmente a la misa. Si yo no podía ir a la de las diez y treinta, iba a la de las nueves. A menudo todavía, tomé mi bicicleta que nunca me izquierda, salvo para poner mis patines sobre ruedas, y yo iba a misa en un pueblo vecino. En uno de ellos, un sacerdote muy antiguo que fue conocido por su amabilidad, oficiaba todavía.

Es cierto que para el corazón de un niño, es importante encontrar en el hombre de Dios, el amor de Cristo.

Este año allí, pasé pues mi vida espiritual, un domingo en una iglesia, un domingo en otra, y al igual que Colette y Jean Claude lo había hecho antes a mí, a mis trece años, yo reiteró esta toma de posición delante Dios, que es la comunión solemne.

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